Éranse una vez los años 70, y un lugar denominado Centro de Investigación de Xerox en Palo Alto, California (Xeros PARC) donde se trabajaba en lo que sería la oficina del futuro. Dentro de ese proyecto existían unos ordenadores con capacidades gráficas y ratón que se llamaban ’Alto’ y, a pesar de lo temprano de los tiempos -en términos bit-, también se fabricaban allí las primeras impresoras láser. Tanto los ’Alto’ como las ’printers’ requerían interconexión; ya que aquellos primitivos ordenadores personales –aquellos primeros PCs que por robo intelectual o caprichos del destino pasaron por las nada inocentes manos de Steve Jobs y dieron origen a Apple- debían mandar los archivos para imprimir a las laser, pero también entenderse entre sí. La misión de intercomunicarlos y conseguir que los datos de unas máquinas pasaran a otras; es decir la misión de construir las primeras redes locales, se encomendó a un joven ingeniero de 27 años, especialista en comunicaciones, que se había graduado poco antes en el MIT (Instituto de Tecnología de Masachussets). Su nombre: Robert Metcalfe.


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